desde Golfito con sarcasmo.

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“¡Ya está gorda otra vez!”

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Estándares de belleza

Ese fue el comentario que escuché de una mujer sobre otra. Su cara lo decía todo: decepción. Como si aumentar unos kilos fuera lo peor que le puede pasar a una mujer.

¿Cuántas veces hemos oído eso? O peor aún: ¿cuántas veces lo hemos dicho nosotras mismas?

Es increíble, como vivimos —especialmente las mujeres— atrapadas en una guerra con nuestro cuerpo. Desde niñas aprendemos a criticarnos, a juzgar y a medir nuestro valor con base en cómo nos vemos. Hemos sido domesticadas con estándares de belleza que nos dicen que así es como debe lucir una mujer. Y lo más jodido es que lo aceptamos como natural.

No se nace mujer: se llega a serlo, dijo Simone de Beauvoir. Y no, no estoy hablando de la mal llamada “ideología de género”. Estoy hablando del cuerpo como construcción social. A los segundos de nacer nos asignan un género, y desde ahí arranca el guion: qué vestir, cómo comportarse, cómo verse… Y si sos mujer, la presión es brutal.

¡Maes vivimos comparándonos! Nos enseñaron que hay alimentos “malos”, medidas “ideales”, ropa “correcta”. La publicidad nos metió en la cabeza que belleza es perfección: dientes blancos, abdomen plano, cero celulitis. Pero llega la pubertad y nuestra genética se ríe en la cara de esos estándares.

Y ahí empieza el problema: nos odiamos por no encajar.

Hacemos dietas extremas, tomamos pastillas, gastamos dinero en cremas, batidos y colágeno, que supuestamente rejuvenece. Todo porque alguien nos convenció de que valemos más si ocupamos menos espacio.

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Beautiful

Pero el cuerpo perfecto no existe.

Hace unos meses me topé con una amistad a la que siempre he considerado una diosa. Alta, hermosa, profesional, emprendedora. Me comentó que me veía delgada, y yo le respondí que seguramente era la ropa, porque el gym y yo no teníamos una buena relación y, que de todas formas yo ya había dejado de preocuparme por eso. Por el contrario, sus comentarios me dejaron fría: empezó a enumerar todo lo que quería “arreglarse”: senos, nariz, cejas, nalgas.

Yo por dentro pensaba: ¡mae, con ese cuerpo yo andaría chinga!
Y ella queriéndose operar todo.

Fue ahí cuando me cayó el veinte: la trampa es real. Nadie está satisfecho. Siempre habrá algo más que “mejorar”. Y eso es una mierda cuando convertimos esos arreglos en el centro de nuestra autoestima.

No está mal querer verse y sentirse bien. El problema es hacerlo para encajar, no para cuidarnos. Hacerlo desde el rechazo, no desde el amor.

Y para rematar, ahí está el clásico saludo:
— “Uy, está más gorda”
— “¡Qué flaca, qué guapa se ve!”

¿En serio? ¿Eso es lo más importante que tenemos que decirnos?

Dejemos de reforzar la idea de que nuestro valor está en cómo nos vemos. Dejemos de alimentar la competencia insana entre mujeres. Un comentario sobre el maquillaje, el pelo corto, o la ropa “poco femenina”, contribuye a esa mierda de cosificar el cuerpo femenino. Como si lo que pensáramos o sintiéramos no importara.

A la sociedad no le joden solo los kilos de más. Le jode todo lo que se sale del molde: muy flaca, muy alta, muy callada, muy ruidosa, pelo corto, piel con acné. Lo viví cuando una señora me dijo que con el pelo corto parecía hombre. En ese entonces me quedé callada. Hoy, la mando sutilmente a la mierda.

Sí, estamos en lucha constante: contra nosotras mismas y entre nosotras. Y qué cansado mae.

Pero cuando cultivamos el amor propio, cuando descubrimos que nuestro valor no está en los ojos ajenos, las construcciones sociales se van por el caño.

No es egoísmo. No es vanidad. Es supervivencia.

Usted vale muchísimo. Usted es hermosa. Usted es fuerte. Usted es suficiente.
Así tal y como es.

Así que quiérase.
¡Quiérase en puta!
Y mande los estándares sociales a la mierda.

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Love yourself!

Un abrazo, Tashi.

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