Quisiera que, por un momento, viaje al pasado y saque de su memoria ese recuerdo que le hace sonreír: una escena feliz, sencilla, que le provoque una sensación cálida y nostálgica.
Puede ser la taza de café de esta mañana, la pizza de la semana pasada o el perrito que le regalaron cuando era niño. ¿Lo encontró?
En mi caso, esos recuerdos felices me llevan unos 22 años atrás. No porque mi vida haya sido completamente mala, pero sí ha tenido sus retos. Durante mucho tiempo viví con ideas erróneas que no me permitían disfrutar plenamente. Por eso, los momentos en los que fui feliz de forma auténtica, sin preocupaciones, fueron en mi niñez.
Recuerdo correr por los potreros, las quebradas y la montaña, como decía mi mamá: “buscando el peligro”. No teníamos celulares ni computadoras, así que la diversión estaba afuera. Todo parecía más simple.
Tal vez la felicidad infantil nace de eso: de ver la vida con simplicidad, de disfrutar cosas que ahora nos parecen insignificantes. Pero con el tiempo, esa habilidad se pierde.
Adoptamos ideas equivocadas. Nos convencemos de que la felicidad está en lo que dice la publicidad o en lo que otros muestran. Reprimimos lo que realmente queremos por miedo a no encajar.
Una amiga decía en la adolescencia:
“No importa qué tan mal esté, nunca voy a dejar que la gente se dé cuenta que estoy comiendo mierda.”
Por años hice mío ese mantra. Y no está del todo mal—nadie quiere andar por la vida de mártir—pero el problema es que esa idea nos hace pensar que los momentos difíciles son malos o vergonzosos.
Y sin ellos, ¿cómo sabríamos apreciar los buenos?
Así viví: esforzándome por mostrar mi mejor cara, aparentando tener una vida perfecta. Pero ¡qué agotador es vivir pretendiendo todo el fucking tiempo!
No digo que haya que ir contando penas por ahí, pero tampoco tenemos que fingir que todo está bien siempre. Shit happens. Y eso también es parte de la vida.

Lo que creemos que es «una vida perfecta»
Muchas veces confundimos la «perfección» con tener lujos, dinero, un cuerpo «fit», carros caros y viajes constantes. Pero, seamos honestos, a menos que usted sea hijo de un jeque o de un narco, probablemente sea un mortal más, como yo.
Trabaja duro para mantenerse y darse sus gustos. Y eso no está mal. Lo que sí está mal es soñar con una vida de Dubai mientras uno vive en Latinoamérica con salario base.
Como dijo Jim Carrey:
“Pienso que todo el mundo debería ser rico, famoso y hacer todo aquello que siempre soñaron. Así podrían darse cuenta de que esta no es la respuesta.”

Instagram no ayuda (spoiler: todos fingimos)
En redes todo parece perfecto. Yo también he subido fotos en la playa diciendo “la vida es bella”. Y sí, en ese momento así me sentía… pero cinco minutos después llego a la casa y el perro hizo un despiche: mordió cables, dañó la pantalla, y de pronto odio mi vida.
Ese es el problema: creemos que para ser felices, todos nuestros días deben ser soleados. Pero la vida es más bien un eterno invierno con lluvias, inundaciones, caos…
Y aún así, vale la pena.
La felicidad también está en un domingo viendo Netflix, en un almuerzo sencillo, en una conversación real. Pero si creemos que solo lo de revista vale, nunca vamos a disfrutar lo que ya tenemos.
La hijueputa manía de codiciar
A veces nuestra vida ya es más que suficiente, pero el mierdero que tanto anhelamos no nos deja verlo.
Codiciamos lo que otros tienen: sus bienes, sus viajes, su supuesta “familia perfecta”. ¿Y adivine qué? Ellos también podrían estar fingiendo.
Y mientras tanto, el mundo de las redes sociales sigue alimentando esa mentira. Solo mostramos el lado bueno de la vida, el filtro bonito.
Pero como dijo Hernán Jiménez:
“¡Qué lindo carro nuevo! Pero mae, ¿por qué no muestra el cobro que le hace la agencia cada mes?
¡Qué lindo, cómo viaja! Pero muestre el balance de la tarjeta de crédito…”
No es envidia, es claridad
Tal vez alguien piense:
«jueputa vieja más envidiosa».
Y hace unos años, tal vez sí lo era. Pero hoy no.
Hoy no sacrificaría mi paz mental por aparentar. Porque eso es lo que hacemos muchos: endeudarnos hasta la coronilla solo para mantener una imagen de vida perfecta…
¿Para qué?
No está mal compartir lo bueno. Puede inspirar.
Pero también estaría bien compartir la parte dura. Que la gente sepa que los sueños cuestan. Que hay esfuerzo. Que hay momentos de mierda.
La vida real también vale
Mi punto es este:
Si usted tiene que sacrificar su paz mental, su estabilidad emocional o su comodidad para mantener una imagen de vida perfecta… NO LO VALE.
Parte del equilibrio es aceptar sus límites y aún así disfrutar lo que tiene.
Tampoco digo que se haga un vago esperando milagros. Hay que trabajar duro, pero sabiendo que todo puede irse a la mierda… y que eso también está bien.
Rodéese bien, sea real
Rodéese de personas que le permitan ser usted mismo. Que cuando todo se esté desmoronando, pueda decir: “maes, mi vida apesta”, y le respondan: “relax, a todos nos pasa. Vamos por una cerveza o un café.”
Y, principalmente, conviértase en una de esas personas.
Alguien que entiende que la vida no es perfecta, que a veces es una mierda…
pero que igual vale la pena vivirla.

Muchas gracias por leer, un abrazo. Tashi.

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