Hace unos días, viendo tele, me di cuenta de lo fácil que es que nos laven el cerebro en tres minutos de comerciales. En un pestañeo, uno pasa de estar tranquilo en el sillón a odiar su cuerpo, sus arrugas, sus pestañas… ¡hasta la vida entera!
Y luego, como si fuera poco, entro a Instagram… y más piorsh.
Entre filtros, cuerpos perfectos y frases motivacionales, me topé con una que decía:
“Believe in yourself”
Crea en usted mismo.
Porque, claro, no importa cómo luzca o quién sea, si usted cree en usted, puede lograr cualquier vara.
¿Suena lindo, verdad?
Pero no, la vida no funciona así.
La autoestima no se construye a punta de frases
Hoy cualquier movimiento popular se convierte en estrategia de marketing. “Ámese”, “acéptese”, “sea usted mismo”…
Y ahí van influencers, «life coaches» (lo que sea que signifique eso), e incluso algunos terapeutas, vendiéndonos la fórmula mágica del amor propio.
Cursos carísimos, charlas, talleres. ¿Y para qué? Para hacerle creer a la gente que la solución a su vida está en una frase inspiradora.
Spoiler: No está.
Si usted quiere trabajar sus emociones, no necesita un influencer. Necesita un psicólogo. Alguien que se haya preparado de verdad, no un charlatán con un curso de tres meses y ganas de sacar un montón de plata a la gente insegura.
-Disclaimer importante-
Yo no soy psicóloga ni experta.
Solo soy un ser humano común, bastante bombeta, que ha aprendido algunas cosas a punta de golpes. Y quiero compartir lo que he vivido, no porque tenga la verdad absoluta, sino porque tal vez a alguien le sirva.
La trampa de la aprobación

Una autoestima sana no se trata solo de “creer en uno mismo”. Hay muchas piezas: cómo nos vemos, cuánto confiamos en nuestras capacidades, el valor que sentimos que tenemos.
Uno de los factores que más nos jode es la necesidad de aprobación. Como seres sociales, queremos ser aceptados, claro. Pero hay una línea delgada entre lo saludable y lo patológico. Cuando uno vive solo para complacer a los demás, empieza a perderse.
Yo lo viví.
De adolescente me jodían por no tener novio, por no haber “desarrollado”, por no ser tan agraciada. Durante años tuve una autoestima de mierda.
Cambiaba de opinión según con quién estuviera, me daba pánico decir lo que pensaba. Y por miedo a no encajar, terminé siendo alguien que no era.
Hasta que toqué fondo.
Después de casi dos años en una relación tóxica, un día me dije:
“¿Mae, qué putas estoy haciendo?”
Y ahí comenzó el cambio.
No es fácil, pero es posible
No les voy a mentir: no es fácil salir del hueco cuando toda una vida te han hecho sentir que no valés. Pero no es imposible.
Yo, que me consideraba una cobarde, lo logré. Y si yo pude, créame, usted también puede. Digo esto sin querer minimizar las realidades, habilidades o limitaciones de cada uno de ustedes.
Una autoestima sana no significa sentirse superior ni creerse perfecto.
Implica reconocer nuestras debilidades y limitaciones. Y aunque hoy tengo más claridad, sigo teniendo inseguridades.
Mi «belleza» está lejos del estándar. Hay días en los que eso me gana.
Pero también hay días en los que me abrazo con todo y defectos. Porque he aprendido a conocerme, a saber qué me gusta y qué no. A decir NO sin culpa.

El ego también tiene su trampa
Tampoco se trata de caer en el otro extremo y convertirnos en unos comemierdas que se creen la última Coca-Cola.
¿Saben quién es Narciso, de la mitología griega?
Era tan guapo y ególatra que terminó enamorado de su propio reflejo y murió por no poder apartarse de él.
Plot twist: así nació el término “narcisista”.
Una autoestima desbalanceada también puede llevarnos por ese camino. Como dijo Aristóteles:
“El egoísmo no es amor propio, sino una pasión desordenada por uno mismo.”
¿Qué es amarse, entonces?
Si me preguntan a mí, diría que amarse es:
A C E P T A C I Ó N
Aceptar quiénes somos, sin filtros, sin pretender. Que al final del día podamos dormir tranquilos, sabiendo que actuamos desde la autenticidad.
Incluso si eso implica perder «amigos».
Significa encontrar equilibrio entre nuestras virtudes y defectos, tener los pies en la tierra para reconocer errores sin pensar que eso nos hace unos pendejos.
Y sí, también conlleva creer en nosotros mismos, pero en lo que podemos lograr con esfuerzo, no con solo desearlo.
Lo mínimo que podemos hacer es querernos
Mae, no somos una monedita de oro. No le vamos a caer bien a todo el mundo.
Aprendamos a respetarnos, a ponernos límites, a decir “no”, a mandar a la mierda lo que no nos sirve (¡y a quien no nos sirve!).
Pasaremos el resto de nuestra existencia con nosotros mismos, lo mínimo que podemos hacer es aprender a querernos.

PD:
Sí, le copié la idea a Gabo (Gabriel García Márquez, por si hay dudas), porque a veces no soy tan brillante.
Representantes legales o familiares: si algún día se topan este blog, no me demanden, no hago ni un dólar con esto.
¡Gracias por leer y un abrazo, gente! Tashi.

Deja un comentario