¿Por qué? se preguntarán algunos. «Usted no puede ir ahí», dirían otros. Pero… ¿no sería increíble irse al Valhalla en lugar de al infierno o a una muerte eterna?
Si no saben qué es el Valhalla, les dejo una dosis de mitología nórdica para dummies, por una dummy (noten el cambio en el léxico, cortesía de internet, of course, para mejorar la comprensión del tema):
La muerte en el pueblo Vikingo Fuente: La Vanguardia | Vida
Los vikingos, originarios de Alemania (info cuestionable), habitaron el norte de Europa (Noruega, Suecia, Dinamarca, Finlandia) entre los años 789 y 1100. Aunque se les recuerda como agresivos y violentos, tenían una relación muy profunda y estructurada con la muerte. Creían en una vida después de esta y esperaban morir en batalla para poder entrar al Valhalla: una especie de cielo donde los recibía Odín con una bienvenida heroica. Las valquirias elegían a los guerreros más valientes y los llevaban allí.
En el Valhalla, los caídos luchaban durante el día y al anochecer sanaban sus heridas para luego disfrutar de grandes banquetes con Odín. Los que morían de forma natural —y las mujeres— iban a Hel, un submundo oscuro y triste donde las almas vagaban.

(Fin del léxico enriquecido)
En resumen: los valientes al Valhalla, y el resto, básicamente al infierno cristiano. Y pues… ya ven por qué quiero irme al Valhalla. Qué chiva sería poder trascender así, con dignidad y fuego.
Peeero nos tocó nacer de este lado del charco, colonizados por quienes no nos enseñaron a ser guerreros, sino a poner la otra mejilla. No tengo nada contra el Gran Maestro, pero ¡puta mae!, cómo han distorsionado sus enseñanzas para manipular a las masas. Tantos siglos después, ni siquiera podemos estar seguros de si lo que dicen que dijo, realmente lo dijo.
Dios te ama… pero tu iglesia te juzga

Como muchos de ustedes, crecí bajo la influencia del cristianismo. Una doctrina que moldeó mi forma de pensar, especialmente sobre la muerte. Y aunque hay tantas versiones como denominaciones (católicos, evangélicos, mormones, testigos de Jehová, etc.), todas dicen basarse en Cristo. Algunas más distorsionadas que otras, pero todas creyendo que tienen la verdad.
Un filósofo gringo dijo que hay alrededor de 4200 religiones vivas en el mundo (sin contar las extintas). Así que no nos sintamos especiales creyendo que estamos en la “única verdadera”. Lo curioso es que en todas, siempre hay una necesidad humana de trascender, de encontrar consuelo frente a la muerte.
Mi relación con la religión nunca fue buena. Desde niñas, mis hermanas y yo «tenemos problemas» con eso. Nunca soportamos la manipulación disfrazada de fe. Aún así, seguí buscando respuestas, porque pensaba que en la religión las encontraría. Y por un tiempo, así fue.
En la adolescencia creí haber encontrado mi lugar. Diez años después estaba sola, sin amigos, lejos de mi familia, con más dudas que nunca. Perdí mi voz, mi luz, mi identidad. Y lo más triste: nunca fui realmente feliz. Tal vez no buscaba felicidad, sino paz. Y eso, eso nunca lo encontré.
¿Por qué, si los cristianos dicen que solo Dios puede juzgar, son los primeros en juzgar?
Miedo a morir, ganas de vivir (pero no así)
Durante ese tiempo formé muchas ideas sobre la muerte. Por ejemplo: no creo que los humanos vayamos al cielo (según la doctrina, es exclusivo para seres espirituales). Tampoco creo en el infierno. Creo que, al morir, el cuerpo vuelve a la tierra y la energía vital regresa a su origen. Punto.
Y aunque supuestamente existe un paraíso terrenal para los “buenos”, seamos realistas: una mae tatuada, con pareja del mismo sexo y expulsada de la religión no cumple los requisitos. No anymore.
Hoy tengo claro que en esta vida solo hay dos opciones: vivir o morir. Y yo me niego a vivir bajo doctrinas que claramente fueron diseñadas para controlar. Si eso me deja sin pasaje a ningún cielo cristiano, que así sea.
Lo que sí me atormenta es la muerte. La idea de permanecer en un estado de inconsciencia eterna me da escalofríos. Mae ya sé que suena tonto, porque si estoy inconsciente no lo voy a notar, pero dejar de sentir, de reír, de ver a quienes amo… se me hace el corazón un puño. Por eso me encantaría irme al Valhalla, a luchar y comer por siempre. (Claro, porque la sangre de guerrera corre por mis venas, pero bueno…)
¿Y entonces qué carajos creo?
Diay mae la verdad, no lo sé. Terminé con más preguntas que respuestas. Sigo buscando, tal vez sin llegar a ninguna parte. Pero conversar con otras personas y conocer sus creencias me ha ayudado a perder un poco el miedo. Tal vez la muerte no sea tan trágica.
Porque seamos honestos: al Valhalla no tengo acceso ni en sueños. La religión me vetó, y yo la veté a ella. Solo me queda la opción de morir, y espero reconciliarme con la muerte antes de que me alcance.
De algo sí estoy segura: algo que aprendí en mis días de creyente fue a confiar en mi instinto. Si algo no me cuadra, hay que jalar de ahí. La vida es un hijueputa ratito, no tenemos asegurado ni cielo ni infierno. Así que, ¡solo queda vivir, carajo! Con la esperanza de que, cuando la muerte llegue, me reciba Odín con un banquete.

Un abrazo gente. Tashi.


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