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En el pinto: ¿van primero los frijoles o el arroz?

Hace unos meses hice una encuesta en Instagram sobre cómo se prepara el pinto, ese desayuno tan popular en Costa Rica —aunque por ahí dicen que ni siquiera es tico, pero bueno, ese es otro tema. La polémica existe, sí, pero a mí lo que me interesa es comérmelo, el pinto.

La encuesta era sencilla: quería saber qué ponían las personas primero en el sartén al hacerlo, si el arroz o los frijoles. Y sí, ya sé que antes van los olores, porque no faltó quien me dijera que lo primero es sofreír la cebolla y bla bla bla…

Yo aprendí de mi mamá a hacerlo empezando con el arroz y luego los frijoles. Durante años creí que esa era la única manera correcta. De hecho, una ex amiga (sí, también existen ex amigas, y yo tengo varias) pensaba igual. Ella estaba convencida de que, si alguien lo hacía al revés —primero los frijoles—, esa persona simplemente no sabía cocinar.

Lo interesante es que muchas personas que participaron en la encuesta dijeron exactamente eso: que quien lo hace distinto a como ellas lo hacen, no sabe cocinar. Gracioso, ¿no? Algunas empiezan con el arroz, otras con los frijoles, pero todas creen tener la fórmula infalible.

Esta ex amiga lo dijo un día, hace años, mientras hablábamos (ok, chismeábamos) de otra persona —porque sí, yo hablaba y a veces todavía hablo de otras personas, no voy a ser hipócrita—:

«¡Es que ni siquiera sabe cocinar, Nati! Ni siquiera pinto puede hacer. Pone primero los frijoles antes del arroz, ¿te lo podés imaginar?»

Algo así fue. No recuerdo exacto, pero la idea era esa. Y feo admitirlo, pero hace 10 años yo pensaba igual. No contemplaba siquiera la posibilidad de que se pudiera hacer de otra manera. Imaginate, yo creyéndome chef.

Pero con los años cambié la forma en que hago el pinto, y descubrí que el resultado es prácticamente el mismo. Como dijo un amigo: “Hay que probarlo para saber si quedó bien.” Porque al final, lo que importa no es el orden, sino el resultado.

Y entonces me puse a pensar: ¿qué pasa si aplicamos esa analogía a la vida?

Porque yo —no sé ustedes— he sido bastante cerrada a la idea de que hay muchísimas formas de vivir. Y el hecho de que alguien lo haga distinto no significa que esté mal, o que esa persona esté equivocada. Pero a veces somos tan rápidos para juzgar…

Yo fui fanática religiosa durante muchos años, y eso definitivamente influyó en que creyera que solo hay una forma “correcta” de vivir —porque literalmente eso fue lo que me enseñaron. Que todo el que no siga ese camino está equivocado.

Yo sé que usted sabe que eso no es cierto. Que no existe una sola forma correcta de hacer las cosas. Pero si sabemos eso, ¿por qué seguimos con la maldita manía de juzgar a los demás por cómo viven su vida?

¿Por qué mi ex amiga pensaba que alguien no sabía cocinar solo porque empezaba el pinto con los frijoles? ¿Por qué casi todos los que participaron en la encuesta están convencidos de que su forma de hacerlo es la correcta?

Es un secreto a voces, aunque a veces no lo queramos aceptar: todos creemos tener la fórmula para vivir la vida, y usamos esa fórmula para juzgar a los demás. Y no está mal pensar que estamos haciendo lo mejor que podemos —de hecho, ojalá todos viviéramos con ese convencimiento. El problema es cuando creemos que nuestra forma es la única válida, y que los demás están mal.

Nos olvidamos de algo esencial: lo que me sirve a mí puede que no le sirva a otra persona. Así de simple.

Y no todos venimos del mismo lugar. No todos tuvimos las mismas oportunidades, ni los mismos privilegios. Pensar que lo nuestro es lo «correcto» puede nublarnos y convertirnos en personas cero empáticas.

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Ahora, alguien podría decir: “Bueno, pero hacer lo correcto siempre será el camino.” Y yo pregunto: ¿lo correcto según quién? ¿Dios? ¿Buda? ¿La ciencia? ¿La sociedad? ¿Shen Long?

Al final, todo depende: de dónde nacimos, cómo nos criaron, qué doctrina nos formó, en qué barrio jugamos, a qué escuela fuimos, qué oportunidades tomamos… todos esos factores moldean nuestra visión del mundo.

Y cuando salimos de esa burbuja y nos topamos con otras realidades, otros puntos de vista, nos damos cuenta de lo idiotas que hemos sido juzgando a los demás por cómo deciden vivir su vida.

Incluso mi hermana, que creció conmigo, bajo las mismas reglas, hace muchas cosas diferentes a mí. Porque todos tenemos realidades distintas, y tomamos decisiones desde esas realidades. Así que, ¿quién soy yo para juzgar las decisiones de alguien más?

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Pensar que los demás están equivocados solo porque no hicieron lo que yo habría hecho es francamente estúpido. Afirmar que “no saben vivir” porque no siguen mis normas es arrogante.

Yo no tengo ni la menor idea de lo que otras personas están viviendo. No conozco sus batallas, ni los pequeños triunfos que celebran en silencio. Por eso, antes de juzgar, debo recordarme que están haciendo lo mejor que pueden desde su realidad, igual que yo.

Puedo elegir la empatía antes que el juicio. Puedo aceptar y celebrar las diferencias. Y, por qué no, también puedo aprender nuevas formas de hacer las cosas.

Así que no importa si usted pone primero los frijoles o el arroz. Lo importante es que me invite a probar su pinto —con cafecito, por supuesto.

Porque al final del día, mae, lo importante es que usted esté en paz con la vida que lleva, sin importar lo que diga la sociedad, la vecina o el amigo.

Gracias por leer.

Un abrazo, gente. Tashi.

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