Esta historia sucedió el año pasado, cuando vivía a unos 5 km de mi trabajo y solía usar taxi para moverme. Pero como soy tan constante y disciplinada (ja), hasta ahora me decidí a escribirla. Ni modo. La recordé hace unos tres meses, hablando con una amiga precisamente sobre este tema, y me acordé que tenía esta historia engavetada.
Sin más preámbulo, pasemos a los hechos.
Iba en taxi camino al trabajo cuando se subió una muchacha, ya hablando por teléfono con lo que parecía ser su mejor amiga. Todo bien… hasta que en cierto momento empezó a alzar la voz:
—¡Es que desde que se hizo novia de ese mae ni me vuelve a ver! Ya no salimos, ni siquiera me etiqueta en memes en Facebook. ¡Todo es Jorge! Jorge para arriba, Jorge para abajo. Siempre que la llamo está con él. ¿Es en serio? ¡Ni cagar solos pueden! El día que terminen ahí va a estar Marianita, como idiota, limpiándole las lágrimas.
Algo le respondió la amiga (no tenía altavoz), y Marianita siguió:
—Mae, déjese de varas y excusas baratas, y acepte que por andar de pepiada con ese otro se olvidó de nuestra amistad. ¡Son tres años de amistad! ¡Tres! Y con ese payaso apenas seis meses. ¡No jodás!
El taxista me volvió a ver con cara de susto. Yo le devolví la mirada con el doble de susto y solo levanté los hombros como quien dice: ¿y ahora qué p*tas se dice?
Llegué a mi destino sin saber si Marianita y su amiga llegaron a algún acuerdo. Pero esa conversación se me quedó pegada. Podríamos sacar muchas conclusiones: que Marianita odia a Jorge, que Jorge es un tóxico… pero la que yo saqué fue esta: quizás la novia de Jorge perdió el equilibrio entre su relación amorosa y su amistad.
Y eso me puso a pensar.
En mi propia vida. En mis amistades. En la sociedad en general. Porque aunque me cueste admitirlo, yo también he dejado a mis amistades en segundo plano cuando he estado en una relación. Y antes me parecía normal. Era lo que había aprendido.
Pero qué enfermizo es, ¿no? Llegar a ese punto de desequilibrio. Y lo peor es que no lo notamos hasta que alguien lo señala. Hasta que se acaba la relación y te das cuenta que hace “unos cuantos” meses no le escribís a tus amigos.
Entonces me pregunto:
¿Por qué nos pasa esto?
¿Por qué cuando estamos en una relación, las amistades desaparecen?
¿Cuántas veces hemos sido Marianita… o peor aún, la novia de Jorge?
Esta historia es sobre mujeres, pero también conozco casos de hombres que desaparecen cuando entran en una relación. Como dijo un compa: “Ahora solo andan de aretes de la novia, mujer o esposa”. Y honestamente, creo que eso es hasta peor.
¿Será que no sabemos cómo encontrar ese punto de equilibrio? ¿Será que nos han enseñado a darle un lugar desproporcionado al amor romántico?
No es la regla, pero sí es común.
Yo creo que parte del problema es lo que la sociedad nos ha metido en la cabeza desde siempre: que una vez que uno se casa, se junta, o simplemente inicia una relación, esa persona debe ser tu prioridad absoluta, tu otra mitad, tu alma gemela y nada ni nadie más importa.
Pero eso es una gran mentira.
Hoy muchos hemos aprendido que somos seres completos. No necesitamos una “media naranja” para funcionar. Claro, es lindísimo compartir la vida con alguien, y el amor de pareja tiene una energía distinta a la que te da la amistad o la familia. Pero eso no significa que tengamos que hacer TODO con esa persona. Ni mucho menos dejar de ser quienes éramos antes.
Al entrar en una relación, no podemos olvidar que teníamos una vida. Una tribu. Un círculo que estuvo ahí antes de conocer a esa persona… y que probablemente estará el día que se vaya, porque aunque suene duro: el amor se puede acabar. Y TODO BIEN.
Encontrar equilibrio entre nuestros vínculos no solo es sano: es sabio.
Porque nos da espacio para ser nosotros mismos, más allá de solo ser “la pareja de alguien”. Porque a veces, aunque uno no lo quiera admitir, se adapta, se acomoda, se achica un poco por amor. Mantener nuestras amistades vivas nos permite reconstruirnos, ver el mundo desde otros puntos de vista, disfrutar de lo que nos gusta sin tener que cederlo todo, y sí, hasta extrañar un poco a esa persona que tanto amamos. No estar encima todo el tiempo también es amar.
O bueno… probablemente yo soy una “rara” que lo ve así.
En fin. Lo que creo es que nosotros somos lo más importante en nuestra vida.
Y tanto la pareja, como los amigos y la familia son pilares clave de quienes somos.
Por eso, cuidar esos vínculos y mantener el equilibrio nos ayuda a no perdernos.
Así que, tratemos de no ser como la novia de Jorge.
No dejemos a nuestra Marianita botada por alguien que probablemente no va a quedarse para siempre.
Encontremos ese punto de balance. Les prometo que se puede disfrutar lo bonito de ambos mundos.
Un abrazo, gracias por leerme. Bye!

