Nos dicen que sí. Que ya podemos estudiar, votar, trabajar, vestir como queramos. Pero en cada paso que damos, sentimos el juicio pegado a la espalda. El mundo entero parece tener una opinión sobre lo que está bien para nosotras: cómo vestirnos, cómo amar, cómo vivir.
Y si un día decidimos amarnos a nosotras mismas, se nos llama egoístas. Si ponemos límites, somos locas. Si defendemos nuestros principios, nos etiquetan de “feminazis”.
Ser una mujer segura de sí misma en una sociedad hipócrita no es fácil. No solo luchamos con nuestros propios demonios, luchamos contra un sistema entero que nos condiciona desde niñas. Nunca seremos suficientes para una sociedad enferma desde la raíz.
Nos exigen explicaciones: si usamos “mucha” ropa o “muy poca”, si queremos hijos o no, si estamos solteras a los 30 o si somos madres solas. Y si somos esposas que quieren algo más, como estudiar o emprender… ¿para qué? “¡Ya estás casada, qué más querés!”
No nos gritan sus críticas en la cara. Nos las susurran. Nos las lanzan disfrazadas de “consejo”. Pero no hace falta que hablen: en sus miradas retrógradas ya se nota todo lo que cargan.
Se nos dice que somos libres…
Pero aún escuchamos comentarios obscenos cada vez que pasamos por un grupo de hombres.
Pero si rechazamos un piropo, creen que es porque el mae es feo y sin plata.
Pero llevamos gas pimienta en la mano si salimos tarde de trabajar.
Pero tenemos que aclarar que ser feminista no es odiar a los hombres.
Pero si ponemos un límite, creen que “andamos en nuestros días”.
Pero nos felicitan el 8 de marzo como si fuéramos flores, no personas.
Se nos dice que somos libres…
Pero yo no me siento libre.
Mis amigas no se sienten libres.
Mis hermanas no se sienten libres.
¿Saben la edad promedio en la que muchas mujeres de mi círculo fueron violentadas por primera vez? Fue… a los seis años.
¿Libres? No todavía.
Pero seguimos aquí.
Luchando. Nombrando. Resistiendo.
Un abrazo gente. Tashi.


Deja un comentario