Una mañana un pensamiento intrusivo me llevó a escribir esto.
No es una invitación al nihilismo (aunque, ¿por qué no? A veces la vida carece de propósito), sino una forma de vernos sin filtro.
Tal vez le resuene, o tal vez no.
Todo sería más simple si estuviera muriendo.
Ese fue el pensamiento que me cruzó la cabeza un día de estos mientras me bañaba para ir al trabajo.
I know —what a shitty thought—, pero sí, a veces me visitan esa clase de pensamientos intrusivos. No es que quiera morir, ni que esté buscando compasión. Es solo que a veces la vida se siente tan… pesada.
No quiero que esto suene insensible para quienes enfrentan enfermedades terminales o diagnósticos sin esperanza. Obviamente no estoy en esa situación, y reconozco el privilegio desde el cual escribo: tengo salud, una vida funcional y todo lo “que está bien” desde afuera.
Esto lo escribo desde el hígado, desde esa parte amarga que no filtra. Escribo desde una fase lútea cruzada con realidad, ese punto del ciclo en que todo se siente más crudo, más frágil, más insoportable. Porque a veces, la realidad sin anestesia simplemente apesta.
¿Malagradecida? Muy probable.
¿Dramática? For sure.
Pero mae, piénselo por un momento: si estuviera muriendo, todo sería más simple. No tendría que ir a trabajar si no quiero. Podría quedarme en la cama sin bañarme, sin explicaciones, sin culpa. Tendría pase libre para ser una persona miserable, porque hey! me estoy muriendo!
Ya no tendría que preocuparme por cuidar mi salud —o sea que no hay. No tendría que hacerme ilusiones con comprar una casa, porque no habría vida que meter en ella. Solo podría pasar el resto de mis cortos días hecha un puño en mi cama y NADIE PODRÍA JUZGARME POR ELLO.
Solo existiría, y eso sería suficiente.
Pero luego me detuve a pensar que, de una forma u otra, todos estamos muriendo.
Unos con más años por delante que otros, pero al final, el desenlace es el mismo.
A veces siento que la mayoría de nosotros vive ignorando ese pequeño gran detalle: algún día vamos a morir.
No es como que estamos escalando una montaña para llegar a la cima y encontrar una recompensa, mil años de paz, bendiciones y sentido. No mae. Llegás a la cima solo para descubrir que hay otra cima. Y luego otra. Y otra. Hasta que un día te morís…
Qué existencia tan pura mierda es esta. Hay días en los que no le encuentro sentido a ninguna teoría que intente explicar por qué estamos aquí. Y mucho menos a las religiosas, que encima tienen el descaro de decir que el sufrimiento es una prueba, un test de fe, un “plan divino”. A esas les guardo un rencor interminable. ¿Quién decide que la vida debe ser dolor, y encima pide gratitud por ello?
Retomando el temita… al final esta vara parece como un juego de Super Mario. Todos tenemos una cantidad limitada de vidas —solo que en este caso se llaman días, tiempo. Y cada quien decide cómo las quiere gastar. Con la diferencia que acá no hay botón de reinicio. Cuando se acaba el juego, se acabó. Game Over.
Así que uno elige cómo jugar: vos podés mandar a Mario contra la lava cuantas veces se te dé la gana hasta que se acaben las vidas, o podés ir sorteando los obstáculos con esa actitud ridículamente positiva del pinche Mario, siempre brincando con una sonrisita como si nada lo tocara.
Tal vez no sería más simple estar muriendo. Tal vez es el privilegio el que me está nublando la empatía.
Honestamente, a veces quisiera ser como Mario. A veces, y solo a veces, quisiera ser como esa gente que envidio, esa que le ve el lado bueno a las cosas, que enfrenta los retos con una sonrisa en lugar del pesimismo con el que nací —y con el que la vida se encargó de reforzarme.
Claramente, eso no es tan fácil como parece. Hay un montón de factores que influyen en cómo decidimos —y podemos— vivir la vida: salud mental, contexto, economía, hormonas, traumas, la maldita realidad. No es solo cuestión de querer ser positivos. No basta con cambiar el chip y ya.
Mae, al final siento que la realidad de la muerte debería impulsarme a hacer de cada día algo valioso. Que aunque hoy coma mierda, tal vez mañana será mejor. Y así, día a día, hasta que la pelona me encuentre. Debería darme ganas de ser una mejor persona, mejor empleada, mejor amiga… y un largo fucking etcétera.
Quiero ser esa versión de mí. Pero sin dejar mi esencia, ese pesimismo que a veces es lo único que me mantiene con los pies en la tierra.
Si llegó hasta aquí, gracias por leer. Un abrazo. Tashi.


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