Los personajes de esta historia son ficticios, pero no lejos de nuestras realidades.
María es una persona que aprendió a no ocupar mucho espacio para no molestar.
Creció con la habilidad de intuir lo que los demás necesitaban de ella.
Sabía leer los silencios, los suspiros, las miradas de cansancio o de decepción.
Por eso ahora ponerse en primer lugar le parece un acto egoísta, como si estuviera robando un oxígeno que no le pertenece.
Cuando María tenía apenas cuatro años, ya era capaz de prepararse su chupón. Obviamente, María no se acuerda de esto, pero lo ha escuchado tantas veces, narrado con tanto orgullo familiar, que terminó convirtiéndose en parte de su identidad.
“Desde pequeñita fue independiente”, decían, como si fuera un mérito, no una necesidad.
Y entonces María entendió que ser independiente era bueno. Ser independiente era necesario. Ser independiente era lo que evitaba que la molestia recayera sobre otros.
Un día, cuando María tenía unos ocho años, al llegar de la escuela le sirvieron el almuerzo. Estaba frío.
No dijo nada. Se lo comió así.
Al terminar, le comentó con dulzura a su madre que la comida estaba un poco fría. Su madre le contó a la abuela —entre risas y elogios— que María era una niña tan buena, tan linda, que se comía la comida aunque no estuviera caliente.
Y así, sin querer, le enseñaron que no quejarse era una virtud.
Que tragarse la incomodidad te convertía en una buena persona.
Y así fue creciendo María, cediendo cada vez un poco más.
Fue la mejor estudiante, la mejor hija, la mejor hermana.
María no estaba en las actividades escolares, no pedía disfraces, materiales ni paseos. Porque eso significaba pedir dinero, y ella sabía —sin que nadie se lo dijera— que no había.
“Qué niña tan comprensiva”, decían.
Y sí, lo era. Demasiado.
Aprendió a decir “estoy bien” aunque no lo estuviera, porque incomodar con su tristeza también era molestar.
María entiende que ninguna de estas situaciones fueron hechas con mala intención por sus padres, familia o la gente a su alrededor.
No quiere jugar el papel de víctima.
Ni mucho menos que le tengan lástima.
María odia que le tengan lástima.
Por eso siempre se guardó todas estas cosas; por eso siempre pensó que ocupar menos espacio la haría más valiosa.
Pero ocupó tan poco espacio, que llegó un punto en el que sintió que se volvió invisible.
María ahora es adulta. Una adulta funcional.
Hace bien su trabajo, paga sus cuentas, responde mensajes a tiempo, recuerda cumpleaños, escucha con atención.
Desde afuera, todo parece estar bien.
Y de hecho, lo está.
Solo que hay una parte de María que sigue sin estar habitada.
Una parte que aprendió a hacerse pequeña para que los demás no se sintieran incómodos.
Una adulta que se repite todos los días que no necesita a nadie, que ella se basta a sí misma, que el amor propio es suficiente.
Y lo cree, en parte. Porque lo ha construido con esfuerzo, con libros, con terapia, con silencios.
Pero también porque tuvo que creerlo. Porque nadie la eligió primero. Porque nadie la vio lo suficiente como para hacerla sentir importante sin tener que ganárselo.
A veces, en su vida adulta, María siente una rabia extraña.
No es furia explosiva, es más bien una irritación sorda, tibia, que aparece cuando alguien le dice “ay, vos siempre tan fuerte”, o cuando se encuentra resolviendo la vida de otros mientras nadie le pregunta por la suya.
No sabe bien contra quién está enojada.
¿Con su infancia? ¿Con sus padres? ¿Consigo misma?
María no se permite muchas cosas.
No se queja en voz alta.
No responde mal a nadie, incluso cuando la respuesta le quema la garganta.
Pero, a veces, se sorprende pensándose a sí misma con más coraje.
A veces imagina qué pasaría si un día simplemente dijera:
“No quiero ir.”
“Eso me molesta.”
“Hoy no estoy bien.”
No siempre se anima.
Pero el solo hecho de imaginarlo es en sí una pequeña revolución.
María está aprendiendo algo nuevo: que cuidar de sí misma no es egoísmo, que incomodar no siempre es violencia, que ocupar espacio no es molestar, que no tiene que ganarse su lugar en el mundo siendo la más buena, la más útil, la más fuerte.
Está aprendiendo que la vida también se habita desde la vulnerabilidad, desde la presencia sin excusas.
Está aprendiendo que estar viva también implica ocupar espacio.
Con dudas, con errores, con días malos.
Y aunque todavía le cuesta, ya no quiere vivir solo para no molestar.
Quiere, algún día, hablar un poco más fuerte.
Pedir ayuda sin disculparse.
María quiere que la elijan, aunque no lo diga.
Quiere que la vean sin tener que gritar. Que la quieran.
Así, con sus miedos y su rabia, su tristeza y su fuerza.
Y creer que también tiene derecho a una vida que no duela tanto en silencio.
Quiere que alguien, algún día, le diga: no tenés que ser fuerte todo el tiempo, no me molestás, podés quedarte.
Quiere que alguien le cocine algo caliente sin que lo tenga que pedir.
Porque aunque María es suficiente para sí misma, también merece ser mucho más que eso.
Quiere ser querida.
Así, sin mérito.
Sin esfuerzo.
Sin sacrificio.
Como esa niña de cuatro años que solo necesitaba que alguien le hiciera el chupón.
Un abrazo. Tashi.


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