Me acuerdo de la Natasha del 2015… uff mae, qué desorden de cabeza. No es que hoy en día esa cabecita esté muy ordenada, porque no, pero al menos sé cuáles caminos no quiero volver a recorrer. Y eso ya es ganancia.
En aquellos ayeres, la situation estaba así: recién expulsada de una organización religiosa, despedida de un trabajo y con otro en el que, por razones obvias para ciertas personas, ya no podía volver, yo estaba en modo colapso total.
Y para hacerlo aún más piorsh, recién saliendo de una relación de la que sí debía salir, porque era una caquita (para no decirle más feo y que me censuren), pero que aun así dolió un montón. ¿Se había despichado Tere? Sí, y con el acelerador a full.
Yo estaba enojada, frustrada… emputadísima con el mundo. Odiaba todo y a todos. Y eso era evidente para cualquiera que me tuviera en su vida y en sus redes sociales. Porque sí, mi mala actitud estaba por todas partes.
Maes, ¿saben cuál es una de las cosas más tristes de esos años?, que en ese momento yo creía que esa era la verdadera Natasha, la que había estado en silencio por tanto tiempo. La que ahora por fin se estaba dejando oír. Pero no, hoy, sé que esa no era mi yo auténtica: era yo, atrapada en un mar de emociones que no sabía cómo manejar. Solo estaba enojada y necesitaba expresarlo.
¿Y está mal?
No, no está mal.
No está mal estar hecha mierda por dentro. No está mal sacar lo que uno siente.
Lo que sí está mal es tener que tragárselo todo solo para cumplir con la imagen de “tranquila”, “serena” y “educada”. Lo que sí está mal es querer pelearse con todo el mundo solo porque opinan diferente a uno.
Cuando veo hacía atrás, siento que al menos yo tuve el privilegio de decir lo que pensaba, lo que sentía, aunque fuera con furia. Y aunque le cayera mal a mis seres queridos y amistades. Hoy, con más calma, puedo decir que esa furia me ayudó a no explotar por dentro.
Pero claro, en ese proceso, me peleaba con todo el mundo. Y no fue solo en 2015. Esa actitud se extendió por varios años.
Se puso peor cuando Fabricio Alvarado se tiró para presidente.
¡Mae, qué risa! Toda mi rabia encontró un blanco perfecto en él y en sus seguidores. Fabricio representaba (representa) todo lo que yo no soy, todo con lo que no estoy de acuerdo. Y encima, en ese tiempo, yo venía descubriendo que se sentía muy bien tener una voz y levantarla de vez en cuando… lo malo es que quería expresarla con tanta fuerza que a veces parecía que quería convencer al mundo entero de pensar como yo. Qué duro Jerry.
Pegaba gritos sobre tolerancia y era la persona menos tolerante que se podía encontrar, pero juraba que tenía mis razones para no ser tolerante; ¡no es que hipocresía nivel mil, mae!
Pero gracias a la vida (y la terapia, una mención especial a Graciela), le bajé dos (o más) rayitas a la intensidad.
Y por eso el título de este artículo: decidí que hay batallas que ya no quiero ni puedo seguir peleando. Porque…
Simple y sencillamente, no todas las batallas se tienen que pelear.
Hay algo que he aprendido —a punta de golpes, claro— y es lo siguiente:
1. No hay necesidad de andarse peleando con todo el mundo
Mae, no todo es una guerra. No todas las ideas «equivocadas» necesitan corregirse. Callarse no siempre es rendirse. A veces es solo una forma de autocuidado. De elegir nuestras batallas. Yo antes sentía que tenía que defender mi postura a muerte. Hoy, entiendo que no siempre es mi trabajo «educar» o «corregir» a alguien, que por cierto, un toque egocentrista esa vara, ¿quién putas soy yo para corregir a los demás?
A veces solo hay que decir: “ok, pensá lo que vos querás”, y seguir.
2. No todo el mundo quiere escuchar nuestros argumentos
Mae, hay gente que no quiere entender, solo quiere tener la razón (been there, done that 😅)
Y uno ahí, quemándose las pestañas y las neuronas, dándolo todo con lógica, pasión y hasta memes, para terminar frustrado porque la otra persona simplemente no está abierta a nada. Además, no es su tarea salvar a nadie. Y definitivamente, no es su culpa si alguien decide vivir en la ignorancia. Again, ¡ese delirio de superioridad, mae!
3. Enfocarnos en mejorar nosotros, y tal vez inspirar a otros
Hoy ya no quiero convencer a todo el mundo. Quiero convencerme a mí.
Quiero seguir sanando mis mierdas, mejorar en el manejo de mis emociones y crecer. Y si eso, sin querer, inspira a alguien… pues qué bien. Pero que ya no sea mi misión. Porque cambiar el mundo a gritos es fucking cansado mae. Pero cambiarse uno, aunque duele, es un toque más real. Y en ese cambio, la voz que antes usaba para discutir, ahora la uso para comunicar, compartir, y a veces simplemente guardar silencio. No como resignación. Como fuerza.
Así que sí: hay batallas que ya no peleo. Y qué alivio se siente.
Un abrazo gente, Tashi.


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