La Oreja de Van Gogh – Canción de 2003
Estaba yo en noveno año de colegio y tenía un año de haber conocido a la que sería mi mejor amiga por el resto de mi vida. Nos caíamos mal antes de conocernos, sin saber que, a pesar de lo diferentes que somos, nos seríamos leales en todas y cada una de nuestras facetas.
Sí, la canción probablemente es para un amor romántico, pero me lleva al 2003 cada vez que la escucho. Fueron años difíciles, pero yo era una adolescente ingenua de 15 años que creía que se comería el mundo a los 18, sin saber que el mundo se la comería y la escupiría un par de veces, por ser modesta, antes de que siquiera pudiera entender qué estaba pasando.
Escuchar esa canción me traslada al patio de mi casa, al triste patio de mi casa de ese entonces. Escuchaba y coreaba esas canciones de La Oreja de Van Gogh como si ya supiera lo que era un corazón roto. Pff, riámonos juntas, maes, porque en ninguno de mis delirios de adolescente hubiera podido adivinar lo que realmente se siente un corazón roto.
Pero este artículo no es sobre un corazón roto. No. Es sobre mi amiga, mi mejor amiga, la que estaría ahí por el resto de los años venideros, acompañándome en mis pensamientos más radicales, apoyándome en mis momentos más amargos, sin juzgarme ni pretender enseñarme el camino que debo recorrer.
Esta canción me recuerda a ella porque me lleva a esos años en los que lo único que soñábamos era ser adultas para irnos de casa y ser quienes queríamos ser. Ya saben, esos delirios de adolescente que le dan a una. Esos años en los que la música era lo que nos mantenía un poco cuerdas, soñando con un futuro mejor.
Recuerdo que mi amiga tenía un discman, y ese aparato era como nuestra piel. Si no me falla la memoria, era de alguno de sus hermanos mayores, porque, obvio, un par de adolescentes —y mucho menos nosotras— no teníamos dinero para adquirir uno. Probablemente sus hermanos no estarían muy felices de que lo usáramos tan frecuentemente, jaja.
Mi etapa de colegio no hubiera sido la misma sin ella a mi lado. La extraño todos los días, y hay días en los que la distancia se siente el doble. Y no me malinterpreten: no estoy enamorada de mi amiga. Hay un amor, un tipo diferente de amor, en esas personas que han visto todas y cada una de nuestras etapas —las más bajas, las más altas— y permanecen. Acompañan. A veces no entienden nuestras decisiones, pero no juzgan.
Cuando miro hacia atrás no puedo evitar reírme, con un poco de vergüenza, por todas las ridiculeces que hacíamos juntas pensando que éramos muy cool. Qué dicha que no habían redes sociales en ese entonces… si así de adultas estamos. Pero también con un poco de agradecimiento y mucha nostalgia: a pesar de todos los retos que un adolescente no debería experimentar, fueron buenos años, porque nos hicimos compañía.
Mi mejor amiga es inteligente, apasionada, amable, educada, resiliente, más fuerte de lo que ella imagina, leal. Y claro, como todos nosotros, tiene imperfecciones. Pero si no tienen el privilegio de conocer su lado bueno, mucho menos deberían conocer el lado malo.
Quisiera poder vivir cerca de ella y tomar café juntas los viernes por la tarde, pero la vida tenía otros planes para nosotras.
La distancia no ha quebrado el vínculo. Cede un poco, se encoge, pero permanece. Es difícil tener a alguien lejos cuando necesitas desahogar tus penas. Las llamadas, ni siquiera el FaceTime, son suficientes. Pero se aprende a vivir con ello. Unos días es más difícil que otros, eso sí, pero al menos seguimos presentes una en la vida de la otra.
Y sí, tenemos nuevos y buenos vínculos, pero espero que el de nosotras nunca se rompa, que permanezca en el tiempo y el espacio.
A mi amiga, a mi querida amiga: aunque La Oreja de Van Gogh le dedicó esa canción probablemente a un amor romántico, yo quiero recordarte que puedes contar conmigo para siempre.
Te amo. Un abrazo a la distancia, un café y una carcajada.
Gracias por leer,
Tashi.


Deja un comentario