
Hace unos días, mientras trabajaba un fin de semana, compartí un rato con las hijas de mi jefe. Como el tiempo se alargaba y ya no sabíamos cómo entretenernos, la más pequeña me propuso:
—Vamos a jugar escondido.
Mi primera reacción fue: “¡No! Qué vergüenza… ¿qué van a pensar de mí?”
A lo que ella, sin titubeos, respondió:
—¡Diay, que nos estamos divirtiendo!
¿Cómo hacen los niños para sonar tan convincentes?
Tal vez fue lo que estoy leyendo últimamente, pero su respuesta me caló. ¿Qué podían pensar los demás, además de lo ridícula que se ve una adulta corriendo por la oficina? Nada. Solo estábamos jugando.
¿O será la crisis de los treinta?
El punto es que accedí. Jugamos escondido en los alrededores de mi trabajo, ante las miradas sorprendidas de quienes pasaban por ahí. Lo disfruté tanto como me dio pena después.
Y sí, me preocupa lo que piensen quienes lean esto, aunque la mayoría me conoce y sabe cómo soy. Pero me doy cuenta de que esa vergüenza nace de una idea que nos metieron: los adultos “no hacen esas cosas”. No corren por ahí jugando. Se ven ridículos. Se supone que deben comportarse… como adultos.
No puedo evitar pensar en las palabras de Antoine de Saint-Exupéry en su obra El Principito:

¿En qué momento nos dieron el manual de “cómo ser adultos”? Entiendo que madurar implica responsabilidades, prioridades, cambios. Blah blah blah. Pero es triste que al crecer cambiamos nuestra alegría más pura por esta versión de nosotros tan… aburrida.
No extrañamos la niñez, decía Neil Gaiman en The Ocean at the End of the Lane. Extrañamos cómo nos sentíamos en ella: el gozo por las cosas simples, la capacidad de asombro, la ingenuidad para creer en lo improbable.
Entonces, ¿por qué, si tanto hablamos de mantener vivo al niño interior, lo dejamos morir igual?
Quizás porque la vida nos ha golpeado. Y no, no vivo en un cuento de hadas. He pasado por cosas duras, como la mayoría. Y esas experiencias muchas veces nos roban esa capacidad de disfrutar sin culpa.
Nos volvimos fríos, cínicos, apáticos. Perdimos lo más valioso: la espontaneidad, la autenticidad.
Y aunque todos cargamos con lo nuestro —fantasmas, heridas, cicatrices—, casi siempre tenemos la opción de elegir: reír, correr, jugar escondido. No es infantil, es humano.
La adolescencia nos dijo que hay cosas “de niños”. Y luego, como adultos, decidimos que los niños no saben lo que dicen, que sus emociones no importan tanto. Pero eso es falso.
Tal vez lo que necesitamos para no volvernos unos adultos de mierda, es recordar cómo se siente vivir con autenticidad. Como los niños. Recuperar un poquito de esa alegría sin filtro, de esa curiosidad sin miedo.

Hace unos día vi en internet una lista sobre como despertar o recuperar nuestra autenticidad, lamentablemente desconozco al autor, pero me llamaron la atención dos puntos:
*Recuerde que le gustaba hacer de niño.
*Piense como un niño, desde su corazón, y empiece a hacer lo que su corazón le indique con los recursos que tiene disponibles ahora mismo.
Sí, la vida puede ser una mierda. A veces duele, cansa, abruma. Pero también puede tener sentido, aunque sea un poco, si decidimos vivirla desde un lugar más genuino.
Quiero cerrar con otra frase de Neil Gaiman que me atravesó:
“Los adultos no parecen adultos por dentro. Por fuera son grandes, torpes, y siempre parecen saber lo que hacen. Pero por dentro se ven igual que siempre. Como cuando tenían tu edad. La verdad es que no hay adultos. Ni uno solo en todo el mundo.”
“Grown-ups don’t look like grown-ups on the inside either. Outside, they’re big and thoughtless and they always know what they’re doing. Inside, they look just like they always have. Like they did when they were your age. Truth is, there aren’t any grown-ups. Not one, in the whole wide world.”
Neil Gaiman, The Ocean at the End of the Lane
Gracias por leer, un abrazo, Tashi.

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